Cap 28. Balada de Peña Cabarga. Capítulo despedida

moscarda

      Capítulo dedicado al amigo mío y de Trosky, Albertísimo Vázquez, “El Hacha”

Como es sabido, una balada es lo que hace una oveja cuando habla. Albertísimo vive frente a Peña Cabarga, tiene un perro y una guitarra. Canta rancheras bajo un árbol en el prado cuando el sol se esconde por la peña y queda poco más que silencio. Ahora silencio, ahora ranchera, ahora silencio… Trosky, tú vas a ser feliz allí.

Lo he sabido porque en Villahumos ya no queda sitio para nadie, sólo para el humo, sólo para los pájaros que cada día tienen que piar más y más fuerte para poder hacerle sombra al tráfico que no cesa y al mecánico ruido humano. Cada día tienes que ladrar más fuerte Trosky y aún así casi no te escucho. Te vas a quedar triste y afónico al mismo tiempo.  No te quiero ni triste ni afónico. Las ovejas en Peña Cabarga balan a tono medio, sin estridencias. Y dicen tontadas, que por algo son ovejas. Trosky, tú vas a ser feliz allí.

También te mando para que cuides de El Hacha, que se pierde en bucolismos.

Han sido 27 capítulos juntos, con este 28, y alguna vez que echo para atrás y los miro… la verdad es que me descojono. Gracias Trosky. Yo ahora tengo otras cosas que escribir. Tal vez te de un toque de vez en cuando, o te vaya a visitar o lo que sea, pero no te prometo nada. Últimamente intento prometer poco… ¡Va, qué leches, te prometo que alguna vez que otra he de ir a visitarte! Pero ya no en este cuaderno. Este es el último rasguño de este cuaderno, porque ahora vienen muchos nuevos rasguños.

¡SALUD CAMARADA CANINO!

Cap 27. El consejero del rey

– Trosky, te voy a contar un cuento.

Ni terminar de decirlo y el perrico se ha acomodado en el sofá todo lo largo que es. Una esquina pequeña me ha dejado, pero mejor no decirle nada que es muy caprichoso con los cuentos, se los escucha enteros callado y luego los duerme profundamente. Así que me acomodo como puedo y le cuento el cuento de

El consejero del rey

Hace algún tiempo, en un reino no del todo lejano, vivía un rey que tenía un consejero que se llamaba Eugenio Mandicho que tenía una cabeza grande y calva bordeada de un murete de pelo tieso y unas gafas muy muy gruesas con las que veía mucho de bien lejos, pero nada de nada de cerca. El consejero vivía en la almena más alta del castillo pues nada había que le interesara donde la vista abarca, y debía de ser más viejo que la carrasca de Foz, porque ya se habían servido de sus consejos el padre del rey, y el abuelo, y el abuelo del padre también. Claro que de su aspecto se saben cosas sólo de leyenda porque nunca nadie jamás de verdad lo vio, sólo el rey que cada viernes lo visitaba y después informaba a su equipo:

– Según Mandicho, este año que entra será de poco llover, así que habrá que hacer acopio de agua.

Después, cuando las inundaciones, nadie de su séquito se mantenía sequito, y tampoco se acordaban del consejo del consejero, pues en aquella época los ministros venían con poca memoria.

Más adelante, otro viernes, habló el rey a su corte:

– Según Mandicho, el futuro está en la ortodoncia.

De inmediato todas las dos universidades del reino se pusieron a fabricar ortodoncistas y auxiliares de ortodoncia, por eso los mendigos de este reino tenían las sonrisas más embaucadores del planeta. Oh, y los muchos emigrantes que salieron a buscar trabajo a otros reinos, bien se ocuparon de lucir allá donde fueron las dentaduras bien formadas que eran el orgullo del reino.

La alarma saltó como una pulga el viernes en que el rey se dirigió en esos términos a los principales del reino:

– Según Mandicho, nuestros vecinos nos son hostiles y se disponen a atacar.

-¡Almirante, a la miranda! -ordenó el comandante.

– ¡Al momento, mi comandante! -respondió loco de contento el almirante, loco por batallar.

Se movilizó a toda la población, hombres y mujeres, desde abueletes de gayata hasta niños de dientes de leche que, con muy mala leche, aprendieron a manejar armas de largo alcance. También a los adolescentes con problemas existenciales se les entregaron corazas de acero forjado, incluso sacaron de las universidades a los futuros ortodoncistas y los hicieron soldados.

Cuando todo el reino estaba preparado para el asedio un general se atrevió a preguntar:

– ¿Falta mucho su Simpática Majestad? -pues así era el título del monarca.

– No lo sé -respondió sincero-, nunca se sabe cuánto de lejos está mirando Mandicho, pero de seguro que han de atacar.

– Propongo que demos nosotros primero- se atrevió a aconsejar el abusivo general.

Cuando las tropas llegaron a donde el enemigo descubrieron que éste no estaba porque estaba atacando a otro enemigo que no eran ellos, así que decidieron instalarse en ese reino ya que el suyo estaba siendo invadido en su ausencia por un tercer reino enemigo. ¿Por qué no establecerse allí? Total, este reino también tenía castillo, y el castillo una almena bien alta, y un consejero la almena que veía más de lejos que de cerca.

Se acabó. El perro duerme de tal roncar que hasta los ladrillos se asustan, así que la moraleja le dejo que se la sueñe él. Tampoco iba a ser mucho más sensata.

Cap 26. El optimista insoportable

– Conmigo no van a poder los tantos malagoreros -sentencia Trosky-, yo pienso seguir viendo el medio vaso algo lleno por mucho que insistan en mostrar el medio vaso casi vacío.

Trosky es un perro que no se cansa de ser perro, tiene conciencia de perro, alma de perro incluso orejas de perro. Cuando Trosky ve volar un palito o una pelotita no vacila en saltar raudo veloz hacia ella aun a sabiendas de la inutilidad de su empresa, que es traerla de nuevo. Yo tampoco dudo en pegarme de tres a cinco minutos peleando con su mandíbula, pringándome de babas ante su negativa a depositar el objeto dócilmente en el suelo aun a sabiendas de la inutilidad de mi objetivo: volver a lanzar el palito o la pelotita. Pero hay una cosa (puede que dos) que Trosky tiene clara en su integridad canina; Trosky dice:

– Por mucho que Pavlov tuviera un perro baboso, que no esperen hacerme salivar constantemente con sus artilugios de campanilleros, más que nada porque se me secaron las glándulas hace tiempo.

Eso me dice Trosky en nuestra huida del mundo civilizado que estos días parece menos civilizado todavía ya que con esto de la Semana Santa se pone de un fundamentalista todo frenesí. Nos echamos al monte. Estamos en lo alto de Puntacopeta y todavía resuenan los tambores y se huele la sangre de los latigazos. Trosky dice:

– Si no fuera porque estoy acostumbrado a tener la comida en el cazo y no corriendo por ahí, porque el agua del arroyuelo no tiene selector de temperatura y porque no encuentro alimentador para mi tablet PC, te diría que nos quedamos para siempre a vivir aquí, lejos de la estéril cotidianidad del hombre posmoderno.

Como yo no entiendo lo de la posmodernidad (y Trosky tampoco aunque le encante mentarla) me callo y no le rechisto, y aquí en el alto de Puntacopeta esperamos que se les pase la fiebre de la Pasión. Aprovechamos para celebrar el Día del Teatro, representamos para nosotros mismos este pequeño extracto que Trosky recogió de una de esas cosas raras llamada biblioteca que tanto nos costará explicar a nuestros nietos lo que era. La obra es de Spiro Scimione, la traducción de Carla Matteini.

SpiroScimone

Cap 25. Felicidades, idiota

Iñaki Azkuna ya ha sido seleccionado entre los 25 finalistas del premio a ¡¡¡mejor alcalde del mundo mundial!!!

Yo no me había enterado porque estaba imbuido por el fútbol, pero mi perrico Trosky ha venido relinchando de orgullo y satisfacción y me ha enseñado esto http://www.deia.com/2012/06/21/bizkaia/bilbao/azkuna-opta-a-mejor-alcalde-mundial

¡Jodo Petaca! no puedo menos que exclamar. ¿Cómo llevará mi pobre ilustrísima tan pesada carga? es lo primero que me pregunto. Y lo segundo, casi seguido, ¿a qué alma de cántaro iluminado se le habrá ocurrido convocar semejante galardón?

Trosky, que ya ha colgado por toda la buhardilla banderitas del mundo, me responde haciendo volar el confeti: “Si te leyeras las noticias hasta el final lo sabrías, pero qué importa que sea un think tank, un grupo de amiguetes o el ochote de Romo, lo importante es que Iñaki lo ha conseguido, está ahí, entre los mejores”.

Anda, Trosky, le digo a mi chucho, vamos a pasear por las calles de tan bien gobernada ciudad. Mientras andamos entre humo, cemento y fuerzas del orden no dejo de darle al tarro sobre la huevonada de concurso, galardón o lo que sea eso. Primero, digo, tendrás que presentarte tú para que te tengan en cuenta. Es decir, ir a la fundación y decirles: oigan, que me miren a ver si soy el mejor alcalde del mundo. Aunque después si sales premiado te verás en la obligación de decir: realmente no creo que sea merecedor de tanto honor, mis colegas de otras ciudades son tan buenos como yo, es el trabajo de un equipo, etc.

Más preguntas: ¿Por qué mejor alcalde sólo del mundo, por qué no del Universo, ya puestos, como las mises? Ya sé que no se ha presentado ningún alcalde de Gamínedes, pero me costaría creer que sí lo haya hecho alguno de Namibia, por ejemplo. No se yo si el think tank ese pensará tanto como para saber que existe África.

Trosky ni me responde, ni me hace caso, incluso finge que no me conoce, aunque lo llevo atado corto por normativa municipal. Esta a esto de organizar una charanga jaranera para celebrar el éxito de nuestro superedil, pero no puede por normativa municipal.

Imagino cómo será el concurso de alcaldicos. Lo primero prueba de fanfarronería, a ver quien tiene la lengua más larga y es capaz de decir una gracieta que enaltezca a sus conciudadanos en cualquier ocasión. Sonrisa embaucadora. Campeonato de pasión e ímpetu. Prueba de campechanía. Visita al hogar del pensionista. Después vendrá la prueba de seguridad, de mostrar la mano firme, de dejar salir el Harry el sucio que todo buen alcalde tiene dentro. Y después, por último, la prueba de fuerza, un buen desalojo desplegando las fuerzas locales, e invocando a los poderes autonómicos. Tratar a toda una generación de conciudadanos de terroristas para arriba por defender un proyecto de autogestión, desplegar un operativo policial propio de una dictadura, y fanfarronear después de ello. Eso bien vale una nominación a los Oscar del municipalismo. Felicidades, Iñaki, estoy seguro de que ganarás.

Supongo que muchos lectores que no vivan en Bilbao no entenderán del todo este capítulo. Dirán: no es para tanto, peor hubiera sido que hubieran elegido a … y donde los puntos suspensivos pondrán su propio alcalde. Porque con los alcaldes sucede lo que con los pimientos de padrón, todo el mundo cree que le ha tocado a él el que pica. Pero créanme, es para tanto, este pimiento es de los que pican, y mucho.

– Oye, carahuevo -me dice al final Trosky- ayer ganó tu equipo ¿no?

– Un partidazo, mundial, genial, memorable… ¡Cómo abrevamos de la emoción!

– Querrás decir vibramos.

– Y abrevamos. Qué cuatro chicharracos. Los italianos ni la olieron.

– Felicidades, idota.

– ¿Por qué idiota?

– Hombre, Carahuevo, tendrás que reconocer que un poco idiota ya eres.

– Pues sí, pues sí. También.

Cap 24. Este vals

¿Sabes cuándo una chica es una bailarina estupenda? ¿Ves dónde tengo puesta la mano en tu espalda? Pues si tengo la sensación de que más abajo no hay nada, ni trasero, ni piernas, ni pies, ni nada, es que la chica es una bailarina estupenda.

Holden Cautfield

Lo más maravilloso del baile es que nunca sabes dónde te diriges.

Dale Cooper

– ¿Sabes? Yo tengo la fórmula para sacar a este país de la crisis económica.

– Ahora no, Trosky, y concéntrate. UN dos tres, UN dos tres…

– Bastaría con poner una tasa a las preguntas imbéciles.

– Con esta garra me tienes que coger más firme, así, encima del hueso de la risa. ¿Una tasa? Sí claro, y ¿cómo piensas compensar la recaudación de las comunidades con menor índice de imbéciles o preguntones?

– Debes un euro a las arcas estatales.

Que Trosky y la higiene son dos elementos que se repelen lo sabrá cualquiera que haya seguido mínimamente este cuaderno ficción. Por eso pierdo el ritmo, por el olor. Los continuos traspiés del perrico tampoco me ayudan, la verdad, y su cháchara menos.

– Quieres colocarte bien.

– Soy un perro, bien estoy a cuatro patas, y mejor repanchingado.

– Si estamos a baile, a baile, ¿qué vienes ahora con política económica?

– Más tieso no me puedo poner. Pues no es mala idea, sólo con los que preguntan ¿ya has llegado? cuando te están viendo que has llegado liquidábamos el déficit sanitario.

– Relájate te digo y no digas tontadas. Esto es un vals, se supone que hay que moverse con facilidad, deslizándose, como que no requiere esfuerzo. ¡Quieres estar tranquilo de una  puñetera vez! ¿Es que no puedes moverte fluyendo relajadamente sobre el ritmo y ya está?

– Acabose, me largo.

– ¿A dónde?

– A un risco perdido a aullar a la luna.

– Perdona, Trosky, pero así no hay manera de ganar el certamen de baile. Sabes que es importante para mi. Quizá lo más importante de mi vida.

Sucedió hace dos semanas. En el informativo de la televisión local, entre el porno serie d y el  teletimo “Blanco por dentro verde por fuera”, salió el señor alcalde, su barriga y sus bigotes, y anunció que Villahumos de Arriba iba a acoger el primer festival de baile de parejas extravagantes:

– Habíamos pensado organizar el simposio de política económica “Salir de la crisis y rapidito”, pero para el caso… de lo mismo nos iba a servir -explicó su ilustristísima en el televisor.

– ¡Trosky, Trosky -le zarandeé emocionado-, tenemos que apuntarnos! Es mi oportunidad de ganar algo por una vez en la vida.

Y es que es un trauma muy grande el que arrastro yo con los concursos y competiciones. A todo el mundo le aseguro que no me gusta competir, que ojalá pudiéramos empatar todos siempre… ¡Ja! Necesito ganar aunque sea solamente una vez, luego ya empataremos todo le que haga falta.

– A ver, Carahuevo, tú no has bailado en la vida -me recordó Trosky-, y yo, aunque domino el cha-cha-chá y el bugalú, soy bastante torpe en el calypso y -remarcó- nada sé de vals.

Y justamente dijo vals la voz de la concejal de Cultura cuando, el día del concurso, abrió el sobre en el que se guardaba en secreto cuál sería el estilo en el que debían concursar las parejas extravagantes. Dos semanas llevamos ensayando pasos, vueltas y piruetas desde el aurresku al reguetón para que nos digan ahora que se va a concursar en vals, la única lección que nos hemos saltado.

– Da igual -animé a Trosky que ya se quería retirar- la conexión la tenemos, la improvisación nos dará frescura, y no cabe duda de que somos la pareja más extravagante.

Y tenía razón, quizá solo nos superara el señor con chistera que bailaba con su propio complejo de inferioridad, así que le miré fijo a los ojos y le dije: “Perro pulgoso, podemos ganar”. Así que el perrico me miró a su vez a los ojos y me dijo: “Carahuevo, vamos a bailar este vals hasta que terminemos con ese trauma que arrastras desde que a los tres años…”

– No me lo recuerdes – le interrumpí, y nos  pusimos a bailar. Pero la cosa no ha empezado bien, no nos coordinamos con el UN dos tres UN dos tres de las narices y ya me estoy empezando a desesperar:

– Te he dicho que con tranquilidad y fluidez -le repito-. Es que no puedes ni siquiera dar un puñetero paso con… ¡eh, espera! ¡Eso es! Ahora, ahora lo estamos pillando. UN dos tres, UN dos tres, OLE ole ole, UN dos tres…

Es que cuando nos ponemos… porque nosotros el sentimiento lo tenemos, y gracia no nos falta; la técnica, pues se aprende, y cuando se coge… cuando se coge somos insuperables.

Sin duda estamos deslumbrando, ¡nos han hecho corro y todo! De sobra íbamos a ganar si no apareciera ahora el amigo Luis de Guindos con su traza de apoderado con caracolillos volviendo de una jarana loca. Viene de la mano de su compañera de baile: doña Tijera Tijereta. (Ya se que suena a cliché facilón, adolescente y blandurrio, pero qué le puedo hacer si mi sueño es así)

– Mira Trosky -le digo a mi canina pareja de baile- este es el señor que cada vez que habla sube el pan. No se mueven nada mal los jodidos- añado, y es verdad, están en su salsa, en su mambo y en su vals. Cuando ellos bailan la pista toda se pone a temblar.

Esto no se va a quedar así. Me niego. Estábamos a punto de ganar. Me echo al centro de la pista y de un relincho paro la música para increpar al ministro campeador (su perfume de muy hombre inunda la sala. Tiemblo de nervios y ganas de vomitar):

– Señor ministro: ¿acaso le ha dado un siroco loco de recorte orgiástico? ¿Dónde pretende llevarnos con este vals? ¿No se da cuenta de que nos estamos vendiendo a especuladores sin escrúpulos? ¿No sabe que sin medios públicos perdemos nuestros derechos? ¿Pretende llevarnos a un nuevo feudalismo en el que los únicos derechos sean los que concede el señor? ¿No sabe que presionando así a la población conseguirá que estalle?

El ministro me mira fijo, con su morro para afuera de matador y responde firme:

– Una, dos tres, cuatro, cinco, seis preguntas imbéciles. Debe usted seis euros a las arcas estatales. (Con este jeto de pesadilla me lo dice)

Yo miro al traidor inconsciente de Trosky entre perplejo y atropellado y hago fuerza, fuerza, fuerza para despertar. Fuerza, fuerza, fuerza, fuerza… O despierto o me cago en la cama.

Cap 23. La crisis del cordero

– Zapatero no nos falló, Zapatero nos dio de lleno y en todos los morros. Como un pelotazo de goma.

Trosky vive desaparecido últimamente, es por la crisis. El perrico me pregunta cosas constantemente; tiene complejo porque en esto de la crisis no se entera absolutamente de nada. No sé da cuenta de que estamos todos en las mismas, aunque algunos disimulamos mejor y sentamos cátedra allá donde nos planten.

– ¿Por qué los llaman antidisturbios cuando lo normal sería llamarlos disturbios?

Eso me lo preguntó en medio de una manifestación, no recuerdo cuál, sólo recuerdo que, como en todas, íbamos rodeados de encapuchados con mirada asesina que nos hacían gestos obscenos tocándose los genitales. Cuando lo preguntó tuve que contenerme la risa porque a estos señores no les gustan nada las risas y están muy mal de los nervios. Cállate Trosky por favor.  De hecho íbamos toda la manifa aguantándonos la risa como el soldado romano del Pijus Magnificus. Pero el perrico (¡alma de cántaro!) tenía que continuar:

– Y es que además con las capuchas, se les ponen unos morricos de lo más provocativo…

Y estallo la carcajada, y los disturbios cargaron contra la población una vez más.

Por qué están tan de los nervios es algo que alguien tendría que explicar, porque están realmente enfermos de odio y ven al enemigo por todas partes. Gatillo fácil y mentalidad de guerra y a nosotros nos han pillado de lo más hippie make love not war. Lo mejor  de todo es que, como no consiguen que la población coja el testigo de la violencia, quieren criminalizar la resistencia pacífica. Manda huevos kinder.

– Como te iba explicando, Trosky, Zapatero no nos falló, nos dio de lleno: pagó la deuda a los bancos con el dinero de todos y ahora nosotros tenemos la deuda. Después le pasó el poder a los otros que nos dicen que somos unos derrochadores,  que no podemos seguir así si queremos que nos sigan prestando dinero.

– ¿Quién?

– Los mercados

– ¿Y quiénes son los mercados?

– Oye, si vas a hacer preguntas metafísicas yo ya no te explico.

Vale que no tengo paciencia, pero el ejercicio de abstracción que tengo que hacer para explicarle esto a mi perro es considerable. Aunque tengo que reconocerle que esa es la madre del cordero.

– El caso es que ganó Rajoy y volvió Aznar a la televisión y dijo en tono amenazador: “Los españoles saben muy bien lo que han votado”, que quiere decir que si han votado cadenas pues que vivan las cadenas y nosotros somos especialistas en el género. Así que cadenas presupuestarias, legislativas, cadenas de orden público…

– De desorden públicos –corrige Trosky con más puntilla que un huevo frito.

– Para ti la perra gorda. El caso es que no quieren que protestemos mucho porque se dispara la prima de riesgo.

– ¿Quién la dispara?

– La madre del cordero

– Ya sé, ya sé, pero… Una cosita más: ¿Quién es la madre del cordero? Y dígame también ¿dónde estaba usted cuando se disparó la crisis del cordero?

Creo que ya ha vuelto hacer zaping entre el telediario y Colombo. Yo me rindo. Vamos a la calle, pero que no cunda el pánico, sólo vamos a comprar mejillones.

Cap 22. Monstruociudad II: agostado

La ciudad en agosto me da miedo. Pavor. Tengo la sensación de haberme equivocado de película. El escenario es el mismo, al menos muy parecido, creo. Puede ser que normalmente no me fijo tanto porque todo está normal y ahora lo miro porque la situación ha cambiado. Tengo miedo ¿Siempre estuvo esa farola ahí? Quizá me haya confundido de película. Quizá mi rodaje acabó o suspendieron la producción y no me han avisado. Siempre soy el último en enterarme. Lo que sí sé es que del reparto original no queda nadie. Todos han marchado. Sólo queda el quisquilloso kiosquero cargado de razón del kiosko de un poco más allá calle arriba. Me detesta y lo detesto. Sólo una vez hablamos y nos gritamos y nos insultamos, y yo soy un hombre pacífico, sosegado, de pocos gritos. Todos los demás ya no están. Trosky tampoco. He ido a comprar el pan y no he saludado a nadie. Normalmente voy a comprar el pan a la mañana y me encuentro a uno y a otro. Por lo menos a tres personas. Y con una comentas la película que te recomendó, a otra le  tienes que hacer comprender que no tienes una opinión formada sobre el once inicial idóneo para afrontar el partido de copa, y cómo te vas a negar a tomar un cafecico, y la cosa está fatal, y al final comprando el pan y algún recado más ya has echado la mañana. Hoy he descubierto que la panadería está exactamente a dos minutos veinte segundos andando más bien lento. Bueno, la panadería ya no está, ahora es una tienda de menaje y vajilla. Pero de eso no tiene la culpa el agosto. Eso pasa mucho en esta ciudad últimamente, sobre todo en el casco antiguo, y también en San Nicasio, que está aledaño al casco. Si estuviera Trosky le contaría lo que me pasó el otro día en una calle de las más viejas de Villahumos. Fui a comprar un cuarto de lentejas y cuando me preguntó el tendero que de cuáles yo le dije que de las pardinas, de las pequeñicas y bastante oscuras, a lo que él me respondió muy amablemente que lo sentía mucho pero que esa tienda ahora era una mercería.

– Vaya -dije extrañado-, hace tiempo que no me topaba una.

– Uy, pues ahora es fácil. Se han puesto de moda, en esta calle lo menos hay siete.

– Pues deme un par de calzoncillos finos y una camiseta de interior. Ya sé que estamos en agosto, pero no quiero desaprovechar…

– Se lo daría gustoso, señor, pero esto es una relojería, ¿acaso no lo ve?

– Tiene usted razón. Poco ha durado la mercería.

– Demasiada competencia. ¿Quiere algo?

– ¡Jopeta! Ha sido montar una relojería y entrarle de pronto las prisas.

– Dígame qué quiere.

– Pues es que reloj no uso.

– No se pleocupe, tenemos lelojes y no-lelojes. ¿Qué quiele usted? Tenemos de todo, balato.

– Oiga, y no tendrá uno de esos horribles marcos de fotos digitales. Es que tengo un amigo que me cae fatal y la semana que viene es su cumpleaños…

– Y lo quiere tostado o de media cocción.

– ¡No me diga que ahora es una panadería!

– Pues no se lo digo, pero lo es.

– Pues deme una grande y una docena de carquiñoles. Lo que me apena es irme a casa sin las lentejas.

– ¿Lentejas? ¿Cuántas quiere?

– ¿Que ahora es una frutería?

– No, es una panadería, pero con la crisis los comercios nos hemos visto obligados a diversificar nuestra oferta. No hay panadería que no disponga de legumbres.

– Pues deme un cuarto de la pardina.

– Si quiere se las puedo financiar a tres, seis o nueve meses con un tanto por ciento TAE…

Lo dejé redactando una hipoteca y me fui a casa con Trosky. Porque esto sucedió antes de que se fueran Trosky y todos los demás que normalmente están en la ciudad (excepto el quisquilloso kiosquero). Después las calles se poblaron de extraños extravagantes seres que andan despacio enfocando los aleros de los tejados con aparatosas armas de fotografiar. Pálidos, o enfermizamente tiznados, con niños correteando a sus pies y un folleto del museo diocesiano asomando por el bolsillo del culo del jean. Me dan miedo. He visto a siete fotografiando al unísono una butifarra. Salí corriendo y me dirigí a un barrio menos céntrico en busca de refugio. Lo que he visto allí ha sido peor: nadie. Ni turista ni no turista: ¡nadie! Desolación. Me falta el aire, vuelvo a San Nicasio. ¡Oh, dios: una familia al completo juega a contar dientes a los yonkis! This one only three, dice el padre de familia, I’m the winner. No puedo más, necesito hablar con alguien que me comprenda. Subo calle arriba hacia el kiosco.

– Me da el periódico, por favor.

– Tome.

– ¡Por dios, esto no!

– Es el único que tengo.

– Pues es pura bazofia fascista.

– Pues si no te gusta vete a comprar panfletos de etarras a otro sitio. Este es un kiosco decente

– Este es un kiosco de mierda…

– Perdon, señor.

– ¿Quién es usted? ¿De qué árbol se ha caído?

– ¿Ser usted joven delincuente de barrio marginal?

– Están todos locos, ¡no me apunte con eso!

Salgo corriendo perseguido por quince turistas arengados por el quisquilloso kiosquero que les grita ¡acabar con esa basura roja! Consigo cerrar la puerta de casa, los turistas sueltan contra la fachada ráfagas de flashes. En el buzón una postal ¡de Trosky! Oh, cuánto te echo de menos. En la misiva se puede leer con letra impresa: Estando en lo alto de la Torre de Todolomira me acordé de ti, y firmado: TROSKY. Por lo menos podía haber tenido la decencia de escribir él mismo una carta.